Ir al contenido principal

Entradas

4 minutos

       U na mañana de invierno, cuatro años antes de este día, quiso agacharse para alzar un trébol, que no era de cuatro hojas, y no pudo. Un pequeño tirón, seguido de un fuerte espasmo y un dolor que no se iba. Solo eso, quiso agacharse y no pudo. Treinta y dos años antes de esa mañana, durante los cinco días en casa de su padre en el receso invernal de 1987, comenzó el principio del fin de una sistemática repetición de años. Vieron varias películas en video y, en un cine de calle Lavalle, entraron a la proyección de “Hombre mirando al sudeste, 1986” de Eliseo Subiela. A la salida, tomando un café en un bar de la peatonal, le preguntó a su padre por qué la señora se cambiaba los zapatos antes de entrar a la iglesia. Le contestó que era una práctica bastante habitual entre la gente caída en desgracia. Entre aquellos que tuvieron y ya ni tienen. Y, en menor dimensión, entre los que jamás tuvieron. Probablemente, tendría un solo par de zapatos en buen estado y necesit...

Pentimentos, magia y un reloj

            S eis meses atrás se lo podía ver con su novia, 35 años más joven, caminando por el barrio o paseando en bicicleta por la ciudad. Pero esa extraña habilidad sempiterna para burlar el destino y tornar la suerte a su favor, falló — siempre falla —. A sus 94 años, la moneda que desde hacía demasiado tiempo rodaba de canto, hizo de trompo, se ladeó, fue cruz y el juego se terminó. Como un buen guiño de ojo a una mujer sentada en la mesa de un bar con su marido, un otoño ya no hubo bostezos de sol ni noches viendo engordar y adelgazar la luna. Comenzó a parecerse a una de esas grandes banderas de las plazas en un día sin viento. Pasaba largas horas en la mecedora con los ojos cerrados, imaginando que ese vaivén simétrico era el vaivén del viento y, que sobre un avión, aún le quedaban viajes y lugares por recorrer. Pero un día, antes de barrer la vereda, como había hecho todos los días en los últimos sesenta años, decidió que era suficiente, y to...

Una historia, que como otras tantas historias, no sucedió un día de los inocentes

       — Quiero que hablemos — Me dijo en un tono alto mientras entraba en la habitación de los niños y se sentaba en una de las pequeñas camas aplastando los peluches como esas largas chimeneas que se mantienen erguidas sobre el techo luego que un tsunami arrasara la casa.      La seguí dos pasos más allá de la puerta y me encogí para alzar un autito de metal y apilarlo sobre el lomo del caballito azul. Busqué complicidad en sus ojos claros, pero, con gesto displicente, me miraba lejana, como repasando en un ahogado susurro mental cada detalle de lo largamente ensayado. Y sin más, una veloz y compulsiva expulsión de silencios.      — Quiero que nos separemos… ya hace cinco meses que me veo con alguien. Él sabe como hacerme feliz. No es un fracasado, es increíblemente inteligente y brillante. Es un hombre en todos los sentidos. Quiero que los niños crezcan al lado de un hombre de verdad. A vos no quiero verte más. Quiero que te vayas de ...

¿Qué es la felicidad?

             B ajo las infinitas orejas de negro del timbó colorado, recostado en una reposera de madera, leo un cuento de Flannery O'Connor. Ella llega sonriendo, y en silencio deja entre mis piernas un vaso cargado con una mezcla de granadina y agua gasificada. Parada frente a mí, da un largo sorbo a su té verde buscando un espacio para mirarme por detrás de la taza. No lo encuentra y se tienta. Soporta estoicamente la hinchazón de los cachetes hasta ser vencida por una risa hípida que la obliga a exhalar un chorro de té por la nariz. Su risa nace adolescente e intenta disciplinarla, pero no puede porque ya es adulta, pestañeo y llega a anciana, ahora es adictiva y contagiosa. Entonces se desparrama a mi lado sobre el césped, y sosteniendo entre los dedos un descascarado señalador de cartón estampado con una lata de sopa Campbell de Andy Warhol, abre una página de “La insoportable levedad del ser” de Kundera. Desde la casa se oye a Elvis cantando Bur...

Digresiones y divagaciones existenciales en la mesa de un bar

           T res días antes del día del psicólogo salía feliz de una librería de usados en calle Corrientes con una edición de la editorial Nova impresa el año de mi nacimiento de “El devenir de la religión” de Alfred North Whitehead. Como tenía dos horas para subir a la traffic que me llevaría a San Pedro me senté con un café mirando hacia el obelisco en el primer piso del “Tostado” qué tiempo atrás supo ser “El café de la ciudad”, bar donde estudié parte de mí Lic. en Psicología. Ana Belén contándome que un viajero llamado Alain Delón le quiso enseñar a besar, interrumpió la lectura avisándome, como siempre, que había llegado un mensaje con un video a través WhatsApp. Maradona llora tras perder la final del campeonato del mundo de 1990 y Bilardo —a pesar de su propia angustia— intenta cubrirlo con su cuerpo para que las cámaras no lo filmen en esa condición, Imagino que considera que él no es suficiente e intenta formar una barrera, y así, Goycochea se s...

Los momentos perfectos (ensayo de un ensayo)

             H urgando entre usados en una librería de calle corrientes hallé una edición de Huckleberry Finn editada por Planeta en 1979, obviamente la compré como hago siempre que encuentro una edición de Huckleberry Finn que no tengo (aclaro que no soy una especie de John Cusack en “Serendipity, 2001” entrando a librerías buscando compulsivamente “El amor en los tiempos de cólera” sino que siempre había considerado, por lo menos hasta ahora, como casualidades mis encuentros con Finn). Me senté en un bar de calle callao y mientras tomaba un café sosteniendo esas 270 páginas conocidas hasta el hartazgo, observando la tapa y la sobrecubierta, cuando como una epifanía surgió a mi consciencia una imagen que hoja tras hoja fue delineando un recuerdo largamente olvidado. Corría 1981, tenía yo entre 9 y 10 años y sentado en las baldosas gastadas del patio grande de la casa de mi abuela Alcira en San Nicolás, enfrentado al prohibido patio chico donde se ergu...