U na mañana de invierno, cuatro años antes de este día, quiso agacharse para alzar un trébol, que no era de cuatro hojas, y no pudo. Un pequeño tirón, seguido de un fuerte espasmo y un dolor que no se iba. Solo eso, quiso agacharse y no pudo. Treinta y dos años antes de esa mañana, durante los cinco días en casa de su padre en el receso invernal de 1987, comenzó el principio del fin de una sistemática repetición de años. Vieron varias películas en video y, en un cine de calle Lavalle, entraron a la proyección de “Hombre mirando al sudeste, 1986” de Eliseo Subiela. A la salida, tomando un café en un bar de la peatonal, le preguntó a su padre por qué la señora se cambiaba los zapatos antes de entrar a la iglesia. Le contestó que era una práctica bastante habitual entre la gente caída en desgracia. Entre aquellos que tuvieron y ya ni tienen. Y, en menor dimensión, entre los que jamás tuvieron. Probablemente, tendría un solo par de zapatos en buen estado y necesit...